lunes, 9 de marzo de 2020

Al cabo de un cuarto de hora, que le pareció un día entero, el portero de cara siniestra volvió a presentarse en el umbral de una puerta que estaba en la otra punta de la habitación y, sin dignarse dirigirle la palabra, le hizo una seña para que se acercase. Entró en una estancia mayor que la primera y con muy mala luz. Las paredes también estaba encaladas; pero no había muebles. Julien, al pasar, vio nada más, en un rincón próximo a la puerta, una cama de madera sin barnizar, dos sillas de paja y un silloncito de tablas de pino sin almohadón alguno. En el otro extremo, junto a una ventanita de cristales amarillentos que adornaban unos jarrones de flores muy desaseados, vio a medias a un hombre sentado delante de una mesa y envuelto en una sotana que estaba hecha una pena; parecía enfadado y cogía uno tras otro un montón de papelitos de papel cuadrados que ordenaba encima de la mesa tras escribir en ellos unas cuantas palabras. No se percataba de la presencia de Julien. Este estaba quieto, de pie, más o menos en el centro de la habitación, donde lo había dejado el portero que se había ido, cerrando la puerta al salir.
Transcurrieron así diez minutos; el hombre mal vestido seguía escribiendo. La emoción y el susto de Julien eran de tal calibre que le parecía que estaba a punto de desplomarse. Un filósofo habría dicho, y quizá se hubiera equivocado: es la violenta impresión de lo feo en un alma hecha para amar lo hermoso.

Rojo y negro - Stendhal

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