miércoles, 26 de febrero de 2020

—Mi marido no volverá con nosotros —añadió la señora de Rênal—; se va a dedicar, con el jardinero y con su ayuda de cámara, a terminar de renovar los jergones de la casa. Esta mañana les ha puesto paja de maíz a todas las camas del primer piso; ahora está en el segundo.
Julien cambió de color; miró a la señora de Rênal con expresión singular y no tardó en llevarla aparte, como quien dice, apretando el paso. La señora Derville les dejó que se alejaran.
—Sálveme la vida —le dijo Julien a la señora de Rênal—. Solo usted puede hacerlo, pues ya sabe que el ayuda de cámara me odia a muerte. Tengo que confesarle, señora, que tengo un retrato; lo he escondido en el jergón de mi cama.
Al oír esto le tocó a la señora de Rênal ponerse pálida.
—Solo usted, señora, puede entrar en mi cuarto en estos momentos; rebusque, sin llamar la atención, en la esquina del jergón que cae más cerca de la ventana y encontrará una cajita de cartón negra y lisa.
—Y ¡dentro hay un retrato! —dijo la señora de Rênal que apenas podía tenerse de pie.
Julien notó su expresión de desánimo y le sacó partido en el acto.
—Tengo que pedirle un segundo favor, señora; le suplico que no mire ese retrato; es un secreto mío.
—¡Es un secreto! —repitió la señora de Rênal con voz apagada.
Pero, aunque educada entre personas orgullosas de su fortuna e insensibles a cuanto no fuera el interés por el dinero, el amor había puesto ya generosidad en aquella alma. Aunque cruelmente herida, la señora de Rênal le hizo a Julien, con el acento de la entrega más sencilla, las preguntas necesarias para cumplir bien con el recado.

Rojo y negro - Stendhal

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