domingo, 23 de febrero de 2020

El señor de Rênal, que había oído voces, salió de su gabinete; con el mismo porte majestuoso y benigno que adoptaba cuando celebraba bodas en el Ayuntamiento, le dijo a Julien:
—Es esencial que hable con usted antes de que lo vean los niños.
Hizo entrar a Julien en una estancia e impidió que se fuera su mujer, que quería dejarlos a solas. Tras cerrar la puerta, el señor de Rênal se sentó, muy solemne.
—El señor párroco me ha dicho que era usted una buena persona; todo el mundo lo honrará en el trato, y si quedo satisfecho lo ayudaré más adelante a establecerse dignamente. Quiero que no vuelva a ver ni a parientes ni a amigos, pues tienen un tono que no puede resultar adecuado para mis hijos. Aquí tiene treinta y seis francos del primer mes; pero le exijo que me dé su palabra de que no le dará a su padre ni cinco céntimos de este dinero.
El señor de Rênal estaba picado con el anciano que, en aquel asunto, había andado más avispado que él.
—Ahora, señor, porque tengo dispuesto que aquí todo el mundo lo llame señor y notará las ventajas de entrar en una casa de personas como es debido, ahora, señor, no es conveniente que los niños lo vean con una chaqueta. ¿Lo han visto los criados? —le dijo el señor de Rênal a su mujer.
—No, mi buen amigo —contestó ella con expresión muy pensativa.
—Mejor. Póngase esto —le dijo al sorprendido joven, dándole una levita suya—. Y ahora vámonos a ver al señor Durand, el pañero.

Rojo y negro - Stendhal

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