—¿Qué le pasa? ¿No se inician así los ataques del príncipe? —preguntó, aterrorizada, la generala a Kolia.
—No se asuste, Lisaveta Prokofievna: no voy a sufrir ningún ataque. Pero sí a irme. Sé que soy… un anormal. Desde mi nacimiento hasta que cumplí los veinticuatro años he estado enfermo. Consideren mi actitud como cosa de un hombre enfermo aún. Voy a marcharme en seguida; no lo duden. No estoy avergonzado (sería absurdo avergonzarse de ello, ¿no es cierto?); pero me siento fuera de mi centro en la sociedad.
No hablo así por amor propio. He reflexionado mucho en estos tres días y e decidido que debía hablarles clara y francamente. Existen ciertas ideas elevadas de las que no me es permitido hablar, porque hago reír a todos. El príncipe Ch. me lo ha recordado hace muy poco. No tengo los ademanes adecuados, ni el sentido de la ponderación; mi lenguaje no responde a mi pensamiento, y, así, al hacerme portavoz de esas ideas las ridiculizo. Además, no tengo el derecho… Poseo una sensibilidad morbosa y… Sé que nadie se propone herir mis sentimientos en esta casa y que se me estima aquí más de lo que merezco; pero sé (lo sé del modo más positivo) que una enfermedad de veinticuatro años de duración ha debido dejar huellas forzosamente, y, por lo tanto, es imposible no burlarse de mí… a veces… ¿No es cierto?
Y miró en torno, como aguardando respuesta. Sus oyentes, penosamente sorprendidos, no sabían qué pensar de aquel lenguaje insólito, inesperado, morboso, sin motivo aparente. Pero la extraña ocurrencia del príncipe produjo un episodio no menos extraño.
—¿Por qué dice usted eso aquí? —gritó de repente Aglaya—. ¿Y por qué lo dice a éstos? ¡A éstos, a éstos!
La joven parecía indignada en extremo: sus ojos lanzaban llamas. Michkin enmudeció al oírla y se puso muy pálido.
—Aquí no hay nadie que merezca tales palabras —estalló Aglaya—. ¡No hay ni uno que valga lo que un dedo meñique de usted, lo que su alma o su corazón! ¡Es usted más honrado que todos, más noble que todos, mejor que todos, más inteligente que todos! Cuantos hay aquí son indignos de recoger el pañuelo que pueda usted dejar caer. ¿Por qué se humilla y se rebaja así? ¿Por qué ha destruido usted cuanto posee de bueno? ¿Por qué no tiene orgullo?
—¡Quién podía esperar esto, Dios mío! —exclamó la generala golpeándose las manos.
—¡El hidalgo pobre! ¡Hurra! —gritó Kolia con entusiasmo.
El idiota - Fiodor Dostoyevski
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