El idiota - Fiodor Dostoyevski
martes, 17 de diciembre de 2019
Por su parte, él, apenas se hubo sentado y mirado en su derredor, advirtió que los reunidos no tenían nada de común ni con los personajes de que Aglaya le había hablado la víspera ni con sus pesadillas de la noche. Por primera vez en su vida veía a parte de eso que, con terrible frase, se llama «el gran mundo». Hacía tiempo que, en virtud de diversas consideraciones, ansiaba penetrar en aquel círculo encantado, sintiéndose curioso de saber qué impresión le produciría a primera vista. Y la primera impresión fue deliciosa. Parecióle que todas aquellas personas habían nacido para vivir juntas, que las Epanchinas no daban una reunión en el sentido mundano de la palabra, sino que habían congregado únicamente a algunos íntimos. Él mismo creía encontrarse, tras breve separación, con personas a cuyo lado había vivido siempre y cuyas ideas compartía. Estaba subyugado por el encanto de las buenas maneras, por aquella aparente sencillez y aquella externa franqueza. No se le ocurrió siquiera que tal cordialidad, tan buen humor, tanta nobleza, tanta dignidad personal pudiesen ser un barniz meramente exterior. A despecho de su aspecto imponente, la mayoría de los circunstantes eran personas bastante hueras que, en su presunción, ignoraban por ende la superficialidad de casi todas sus cualidades. Y ello no era culpa suya, ya que semejante capa superficial la habían adquirido, sin duda, por herencia. La seducción de aquel ambiente desconocido obró con fuerza sobre Michkin, porque no sospechaba nada de lo que indicamos.
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