miércoles, 18 de diciembre de 2019

—No, príncipe, no le comprendería. Aglaya Ivanovna amaba como una mujer, como un ser humano y no como… un espíritu puro. ¿Sabe usted una cosa, pobre amigo mío? Pues es que, a mi juicio y según todas las apariencias, no ha amado usted nunca a ninguna de las dos.
—No sé, no sé… puede ser… Tiene usted razón en muchas cosas, Eugenio Pavlovich… Es usted extraordinariamente inteligente, Eugenio Pavlovich. Ya empieza a dolerme la cabeza otra vez… ¡Vamos a su casa! ¡Vamos, por amor de Dios! ¡Por amor de Dios!
—Ya le he dicho que no está en Pavlovsk, sino en Kolmino.
—Vámonos a Kolmino. ¡En seguida!
—¡Es imposible! —dijo rotundamente Eugenio Pavlovich, levantándose.
—Escuche: voy a escribir una carta. Y usted me la llevará.
—No, príncipe, no. Excúseme de semejantes comisiones. No puedo encargarme de eso.
Y se separaron. Aquella visita dejó extrañas impresiones en el ánimo de Radomsky. A su juicio, Michkin tenía el cerebro algo perturbado. «¿Qué quiere decir con ese rostro al que tanto teme y por el que está tan subyugado? Y el caso es que a la vez es posible que se muera de tristeza por haber perdido a Aglaya, sin que ésta llegue tal vez a saber nunca lo mucho que la ama. ¡Ja, ja! ¿Cómo es posible amar a dos mujeres? ¿Dos amores diferentes? Es curioso… ¡Pobre idiota! ¿Qué va a ser de él ahora?».

El idiota - Fiodor Dostoyevski

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