Nastasia Filipovna estaba pálida como el mármol, pero sus grandes ojos negros, fijos en el público, brillaban cual carbones encendidos. La multitud no pudo resistir al influjo de tal mirada y a la indignación sucedieron verdaderos arrebatos de entusiasmo. Ya se abría la portezuela del coche, ya Keller ofrecía el brazo a la novia cuando, de repente, ésta, lanzando un grito, se precipitó en medio de la gente. Los que la acompañaban quedaron inmóviles y mudos de estupor. La multitud se apartó abriendo paso a la joven y entonces, a cinco o seis pasos de la casa, apareció Rogochin. Nastasia Filipovna le distinguió entre la multitud, corrió hacia él como una loca y le cogió ambas manos.
—¡Sálvame! ¡Llévame a donde quieras! ¡En seguida!
En un instante Rogochin la tomó en sus brazos y la transportó a un coche que esperaba allí cerca. En seguida sacó de la cartera un billete de cien rublos y lo tendió al cochero, diciéndole:
—¡A la estación! Si llegamos a tiempo de tomar el tren, te daré cien rublos más.
Saltó al coche donde acababa de hacer entrar a Nastasia Filipovna y cerró la portezuela. El cochero fustigó a los caballos. Todo pasó en unos momentos.
El idiota - Fiodor Dostoyevski
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