miércoles, 18 de diciembre de 2019

Nastasia Filipovna estaba pálida como el mármol, pero sus grandes ojos negros, fijos en el público, brillaban cual carbones encendidos. La multitud no pudo resistir al influjo de tal mirada y a la indignación sucedieron verdaderos arrebatos de entusiasmo. Ya se abría la portezuela del coche, ya Keller ofrecía el brazo a la novia cuando, de repente, ésta, lanzando un grito, se precipitó en medio de la gente. Los que la acompañaban quedaron inmóviles y mudos de estupor. La multitud se apartó abriendo paso a la joven y entonces, a cinco o seis pasos de la casa, apareció Rogochin. Nastasia Filipovna le distinguió entre la multitud, corrió hacia él como una loca y le cogió ambas manos.
—¡Sálvame! ¡Llévame a donde quieras! ¡En seguida!
En un instante Rogochin la tomó en sus brazos y la transportó a un coche que esperaba allí cerca. En seguida sacó de la cartera un billete de cien rublos y lo tendió al cochero, diciéndole:
—¡A la estación! Si llegamos a tiempo de tomar el tren, te daré cien rublos más.
Saltó al coche donde acababa de hacer entrar a Nastasia Filipovna y cerró la portezuela. El cochero fustigó a los caballos. Todo pasó en unos momentos.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

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