—¡El oficial, el oficial! ¿Recuerdas cómo golpeó la cara de aquel oficial en el concierto? ¡Ja, ja, ja! ¡Y aquel cadete, aquel cadete, aquel cadete que dio un salto!
El príncipe se levantó de pronto, poseído de un nuevo terror. Cuando Rogochin cesó bruscamente de hablar, Michkin se inclinó hacia él, sentóse a su lado y contempló a su amigo. Su corazón latía con fuerza; apenas podía respirar. Rogochin, con la cara vuelta hacia el otro lado, parecía haber olvidado la presencia de Michkin. Éste, fijos los ojos en su amigo, esperaba. Pasó el tiempo; comenzó a despuntar la aurora. A veces Rogochin rompía el silencio profiriendo en alta voz palabras incoherentes riendo y llorando. Entonces el príncipe tendía hacia él su mano temblorosa, le tocaba suavemente la cabeza, le acariciaba el cabello y las mejillas… ¡No podía hacer otra cosa por él! El temblor de antes le dominaba de nuevo; ya no podía siquiera mover las piernas. Una sensación inédita, la sensación de un sufrimiento infinito, desgarraba su corazón. Al fin se hizo día claro. Vencido por la fatiga y la desesperación, Michkin se tendió unos momentos en la colchoneta y apoyó la cabeza en el rostro pálido e inmóvil de Parfen Semenovich. Las lágrimas que brotaban de los ojos del príncipe humedecían las mejillas de su amigo, pero éste acaso no sintiera correr ni aun sus propias lágrimas ni tuviera tampoco conciencia de ellas.
Cuando, algunas horas después, fue abierta la puerta, los que entraron en la habitación hallaron al asesino totalmente falto de conocimiento y presa de una ardorosa fiebre. Al lado de él se sentaba Michkin, pálido y silencioso. Cada vez que el enfermo comenzaba a gritar en su delirio, el príncipe le pasaba por los cabellos y las mejillas sus manos temblorosas, queriéndole calmar con aquella caricia. Michkin no comprendió nada de cuanto le preguntaban, ni reconoció a las personas que había en torno suyo. Y si Schneider hubiese contemplado en aquel momento a su antiguo paciente, habría recordado la situación en que el príncipe estaba durante su primer año de tratamiento en Suiza, y de seguro hubiera vuelto a pronunciar, con un gesto de desaliento, la misma palabra que entonces:
—¡Idiota!
El idiota - Fiodor Dostoyevski
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