viernes, 8 de noviembre de 2019

Seguidos de los internos que acudían desde los salones, hicieron su entrada triunfal dos extraños personajes que, sin duda, acababan de disfrazarse. Uno iba vestido de enfermera, pero su vestido negro estaba cubierto de bandas blancas transversales, unas cortas y otras más largas, imitando la disposición de la escala del termómetro. Llevaba un dedo índice delante de la pálida boca y, en la mano derecha, mostraba una tabla de temperaturas. La otra figura iba vestida de azul, con los labios y las cejas pintados de azul, la cara y el cuello manchados del mismo color; con un gorro de lana azul, por supuesto, y una especie de sobretodo de loneta azul, de una sola pieza, atado en los tobillos con cintas e inflado en el centro del cuerpo formando una gran panza. Eran la señora Iltis y el señor Albin. Al cuello llevaban sendos carteles de cartón en los que se podía leer: La enfermera muda y Enrique el Azul. Y, haciendo eses, apoyados uno en el otro, desfilaron por el comedor.
La salva de aplausos fue atronadora. «¡Bravo! ¡Bravo!», se escuchaba entre silbidos de entusiasmo. La señora Stöhr, con su escoba bajo el brazo y las manos sobre las rodillas, reía a carcajadas sin freno y sin compostura alguna, aprovechándose tal vez de su temporal papel de criada. Únicamente Settembrini seguía impertérrito. Sus labios se transformaron en una escueta línea horizontal bajo el bigote graciosamente rizado mientras lanzaba una rápida mirada a la pareja objeto de los aplausos.

La montaña mágica - Thomas Mann

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