miércoles, 6 de noviembre de 2019

—¡Pura ilusión óptica! —confirmó Behrens—. Dibújelos oblicuos y hendidos sin más y estará perdido. Hay que reproducir esa posición oblicua y esa mínima abertura siguiendo el mismo procedimiento de la naturaleza; hay que recrear esa ilusión óptica, una ilusión dentro de la ilusión, y naturalmente, para eso es necesario conocer la existencia del epicanto. El saber no ocupa lugar. Mire esa piel, esa piel del cuerpo. ¿No le parece que está muy lograda?
—¡Logradísima! —exclamó Hans Castorp—. Parece de verdad: ¡Qué piel! Creo que jamás he visto una piel tan bien pintada. Parece que está uno viendo hasta los poros.
Y con la punta de los dedos, tocó ligeramente el escote del retrato, que resultaba demasiado blanco en contraste con el rojo exagerado de la cara, como una parte del cuerpo que no suele estar expuesta a la luz, con lo cual sugería —intencionadamente o no— la idea de la desnudez. Un efecto, en todo caso, bastante burdo.
No obstante, el elogio de Hans Castorp era justificado. La luminosa blancura mate de aquellos senos, delicados pero no pequeños, que se perdían entre los pliegos de la tela azulada, estaba recreada de una forma muy plástica; era obvio que habían sido pintados con mucha sensibilidad y que, a pesar de su estilo un poco dulzón, el artista había sabido plasmarlos con un realismo casi científico y una muy viva precisión. Había aprovechado la textura ligeramente granulosa del lienzo para reproducir la textura naturalmente irregular de la piel, dejando que la trama de la tela se adivinase por debajo de la pintura, sobre todo en la zona de las clavículas, que se destacaban con suavidad. Tampoco había olvidado el artista un lunar, en la parte izquierda, allí donde el pecho comenzaba a dividirse, y bajo las incipientes protuberancias se creía ver cómo latían numerosas venillas azuladas. Daba la sensación de que, ante la mirada del espectador, un estremecimiento de sensualidad apenas perceptible recorriera aquella desnudez. Yendo un paso más lejos: se podía imaginar que se percibía la respiración invisible de aquella carne, como si, al apoyar los labios en ella no se hubiera de respirar un olor a pintura y barniz, sino el olor de un cuerpo humano. Al decir esto, no hacemos sino revelar las impresiones de Hans Castorp; y, por predispuesto que él estuviese a recibir tales impresiones, hay que hacer constar objetivamente que, en efecto, el escote de Madame Chauchat era la parte más conseguida del cuadro.

La montaña mágica - Thomas Mann

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