lunes, 11 de noviembre de 2019

Puesto que aquello era imposible, ¿continuaría viviendo allí él solo, sin Joachim? Sí. ¿Cuánto tiempo? Hasta que Behrens le diese de alta en serio, no como ese día. Claro que, en primer lugar, ésa era una fecha muy difícil de determinar y que, como en su día describiera Joachim haciendo un simbólico gesto con la mano, flotaba más allá del horizonte conocido; y, en segundo lugar, ¿quién decía que la llegada de aquella fecha implicase que lo imposible se hubiera tornado posible? Más plausible se antojaba lo contrario. En tal medida, tenía que reconocer honestamente que ahora se le estaba tendiendo una mano, ahora que lo imposible no era quizá tan imposible como lo sería más tarde. La partida de Joachim le ofrecía un apoyo y una guía para devolverle al mundo de allá abajo, un camino que, él solo, no encontraría jamás. ¡Cuánto le recomendaría la pedagogía humanista agarrarse a esa mano y aceptar esa guía si el pedagogo humanista se enterase de semejante oportunidad! Pero Settembrini no era más que un representante de cosas y de fuerzas interesantes que, sin embargo, no eran las únicas que existían en el mundo, que no tenían una vigencia absoluta; y lo mismo ocurría con Joachim. Era militar, por supuesto. Se marchaba justo cuando Marusja, la del exuberante pecho, estaba a punto de volver —todo el mundo sabía que volvía el primero de octubre—, mientras que a él, al civil Hans Castorp, la partida le parecía imposible porque —y he aquí la verdadera razón— debía esperar a Clavdia Chauchat, de cuyo regreso no se tenía aún ni la más remota noticia.

La montaña mágica - Thomas Mann

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