jueves, 7 de noviembre de 2019

Por aquel entonces ocurrió un espantoso incidente en el comedor que produjo una impresión particularmente profunda en el joven. Un enfermo todavía bastante reciente, el profesor Popov, un hombre flaco y callado que se sentaba en la mesa de los rusos distinguidos en compañía de su novia, igualmente flaca y callada, fue presa de un violento ataque de epilepsia a la mitad de la comida, se revolvía en el suelo, junto a su silla, lanzando ese grito cuyo carácter demoníaco e inhumano se ha descrito tantas veces, y comenzó a sacudir las piernas y los brazos, desencajados con las más terribles convulsiones. Había una circunstancia agravante: acababan de servir el pescado, con lo cual se temía que Popov pudiera clavarse alguna espina. Se formó un desorden indescriptible. Las mujeres, con la señora Stöhr a la cabeza, pero sin que las señoras Salomon, Redisch, Hassenfeld, Magnus, Iltis, Levy o como se llamasen tuviesen nada que envidiarle, cayeron en respectivos ataques de histeria, hasta el punto de igualar al del profesor Popov. Sus chillidos dañaban los tímpanos. No se veían más que ojos nerviosamente cerrados, bocas abiertas y cuerpos retorcidos. Sólo una prefirió desmayarse en silencio. Más de una estuvo cercana a la asfixia, pues todo el mundo había sido sorprendido mientras masticaba o tragaba. Una parte de los enfermos se dio a la fuga por las diversas puertas, incluso por las de la terraza, a pesar del frío húmedo que reinaba fuera.
Sin embargo, este incidente, aunque espantoso, era de una índole muy particular y chocante, que la inmensa mayoría asoció con algunas ideas de la última conferencia del doctor Krokovski. Pues éste, el lunes anterior, al desarrollar su visión del amor como agente patógeno, había hablado de la epilepsia y había descrito ese mal —en el que la humanidad, en tiempos preanalíticos, había visto una amenaza sagrada, profética, y una señal de la posesión del demonio— en términos semipoéticos, y despiadadamente semicientíficos: lo había descrito como un «equivalente del amor» y un «orgasmo del cerebro»; en una palabra: lo había presentado como un fenómeno tan sospechoso en cierto sentido que los asistentes a la conferencia no pudieron evitar ver el ataque del profesor Popov, patente ilustración de la conferencia, como una confesión sin mesura y un oscuro escándalo. Así pues, la despavorida huida de las mujeres pretendía denotar cierto pudor.

La montaña mágica - Thomas Mann

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