viernes, 8 de noviembre de 2019

Pálido, el joven abandonado, se había dirigido de inmediato a su habitación para asomarse a la terraza y, desde arriba, ver una vez más el trineo que se deslizaba por el camino de Dorf tocando la campanilla. Luego se había arrojado sobre una silla y había sacado del bolsillo interior de su chaqueta el recuerdo que le había dado su amada, la prenda, que esta vez no consistía en unas virutitas de lapicero rojo, sino en una pequeña placa de cristal que había que mirar a contraluz para poder distinguir algo… el retrato interior de Clavdia, un retrato sin cara que, en cambio, mostraba la delicada osamenta de su tronco, sutilmente enmarcada por el fantasma de la carne, y los órganos de la cavidad torácica…
¡Cuántas veces habría contemplado y besado aquel retrato en el tiempo que había transcurrido entretanto, trayendo consigo tantos cambios! Por ejemplo, había traído consigo su adaptación a la vida en ausencia —lejos, muy, muy lejos— de Clavdia Chauchat; y, además, mucho más deprisa de lo que se hubiese podido creer: el tiempo allí arriba era de una naturaleza muy particular y estaba especialmente organizado para traer consigo la costumbre, aunque fuera la costumbre de no acostumbrarse. Ya no había que esperar el portazo al principio de cada una de las cinco formidables comidas, allí ya no existía; los portazos de Madame Chauchat retumbaban ahora en otro lugar, a una distancia insondable; aquellos portazos que eran una muestra de su forma de ser, un rasgo de su carácter, y estaban mezclados y ligados a su enfermedad de un modo similar a como el tiempo está mezclado y ligado a los cuerpos en el espacio; tal vez era eso su enfermedad, nada más que eso… No obstante, aunque invisible y ausente, para Hans Castorp era invisible pero presente; ella era el genio de aquel lugar, al que había reconocido y poseído en una hora terrible y de una nefasta dulzura —en una hora a la que no podía aplicarse ninguna cancioncilla sentimental de ésas que se cantan allá abajo—, y cuya imagen espectral guardaba junto a su perdidamente enamorado corazón desde hacía nueve meses.

La montaña mágica - Thomas Mann

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