—¡No, hombre! ¡No es de eso de lo que quería hablar! —interrumpió Settembrini cerrando los ojos y agitando en el aire su pequeña mano morena—. Me está usted confundiendo distintas catástrofes. Usted se refiere al terremoto de Messina. Yo estoy pensando en el que sufrió Lisboa en 1755.
—Perdone.
—Pues bien, Voltaire protestó contra él.
—¿Cómo dice? ¿Protestó?
—Sí, se sublevó. Se negó a admitir aquel hecho brutal, aquella fatalidad, y a someterse a ella. Protestó, en nombre del espíritu y de la razón, contra aquel escandaloso disparate de la naturaleza que asoló una ciudad floreciente y costó miles de vidas humanas. ¿Se sorprende? ¿Le hace gracia…? Sorpréndase si quiere pero, en lo que se refiere a la sonrisa, me permito la libertad de tomársela a mal. La actitud de Voltaire fue la de un verdadero descendiente de aquellos antiguos galos que lanzaban sus flechas contra el cielo… Ahí lo tiene, ingeniero, la rebelión del espíritu contra la naturaleza, su orgullosa desconfianza contra ella, su noble obstinación en el derecho a criticar ese poder maligno y contrario a la razón. Pues la naturaleza, a fin de cuentas, es un poder, y someterse al poder, adaptarse sin resistencia, es muestra de servilismo. Tome nota: adaptarse internamente. Y ahí tiene también ese humanismo que no quiere entrar en ninguna contradicción, que no se hace culpable de caer en la hipocresía cristiana cuando decide ver en el cuerpo el principio malo y adverso. La contradicción que usted cree percibir es, en el fondo, siempre la misma: «¿Qué tiene en contra del análisis?». Nada… cuando obedece al fin de la ilustración, la liberación y el progreso. Todo, cuando está impregnado del nauseabundo sabor de la tumba. Con el cuerpo ocurre lo mismo. Hay que honrarlo y defenderlo cuando se trata de su emancipación y su belleza, de la libertad de los sentidos, de la felicidad y del placer. Hay que despreciarlo cuando impide el movimiento hacia la luz en tanto es un principio de gravedad e inercia; hay que rechazarlo en la medida en que representa incluso el principio de la enfermedad y la muerte, tanto más cuanto que su espíritu específico es el espíritu de la perversión, el espíritu de la descomposición, la lujuria y la vergüenza…
La montaña mágica - Thomas Mann
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