—Muchas gracias —dijo Joachim—, y ahora que me lo has explicado, estás tan satisfecho que, creo yo, incluso estás contento del hecho en sí, a pesar de que… ¡Pues no! —añadió Joachim—. ¡Se acabó! ¡Es una canallada! ¡Todo esto es una tremenda y asquerosa canallada! Y si tú, por tu parte… Yo…
Y salió de la habitación con paso firme, incluso dio un portazo, y si los signos no engañaban, sus bellos y dulces ojos se habían llenado de lágrimas.
Su primo quedó muy contrito. No había tomado demasiado en serio ciertas decisiones de su primo, en tanto éste las había presentado en forma de amenazas verbales. No obstante, ahora que Joachim ya no decía nada si no era a través de la expresión de su rostro y se comportaba como acababa de hacerlo, Hans Castorp sintió miedo porque comprendía que aquel Joachim era el militar capaz de entrar en acción; palideció de miedo… miedo por ambos, por él mismo y por su primo. «Fort possible qu’il aille mourir», pensó, y como, sin duda, ésta era una verdad de tercera mano, comenzó a atormentarle también una vieja sospecha jamás confirmada al tiempo que barruntaba: «¿Será posible que me deje solo aquí arriba, a mí, que no vine más que para visitarle? —Y siguió—: Sería aberrante y espantoso… Sería tan aberrante y espantoso que siento cómo se me hiela el rostro y se me desboca el corazón, pues si me quedo solo aquí arriba, y es lo que ocurrirá si se marcha, ya que está totalmente descartado que yo le acompañe… y si eso pasa… Ahora creo que se me ha parado el corazón… Si me quedo, entonces será para siempre, pues yo solo jamás lograré encontrar el camino de regreso al mundo de allá abajo…».
La montaña mágica - Thomas Mann
No hay comentarios:
Publicar un comentario