jueves, 7 de noviembre de 2019

La viuda, con un peculiar deje austríaco nasal y parsimonioso, a veces interrumpido por los sollozos, dijo que era muy loable que unos jóvenes mostrasen tanto interés por el dolor ajeno, a lo cual Hans Castorp contestó que su primo y él también se encontraban enfermos, y que, en lo que se refería a él, además, había estado junto al lecho de muerte de sus seres más queridos, pues era huérfano de padre y madre y, por consiguiente, estaba familiarizado con la muerte desde hacía tiempo.
Ella le preguntó a qué profesión se dedicaba. Él contestó que «había sido» ingeniero. «¿Había sido?». Sí, lo había sido en el sentido de que ahora se había presentado la enfermedad y, por ende, se le había impuesto una permanencia de una duración ilimitada allí arriba, lo cual constituía una especie de cesura o tal vez incluso un punto de inflexión en su trayectoria vital. Eso no se podía saber. (Joachim le miró con cara de espanto e incomprensión).
—¿Y su primo?
—Iba a entrar en el ejército. Aspiraba a ser oficial allá abajo.
—¡Oh! —dijo ella—. La profesión militar, en efecto, imprime una seriedad especial; un soldado debe contar con que, en determinadas circunstancias, entrará en contacto directo con la muerte, y hace bien en habituarse a su terrible aspecto lo antes posible.

La montaña mágica - Thomas Mann

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