martes, 12 de noviembre de 2019

La primera mañana, después del desayuno, durante el cual el veterano presentó al recién llegado a los compañeros de mesa, Tienappel se enteró por boca del doctor Behrens —que entró en el comedor, todo lo corpulento y estrafalario que era, remando con los brazos y seguido de su pálido ayudante siempre vestido de negro, para recorrer las mesas con su pregunta retórica de todas las mañanas «¿Se ha dormido bien?»— se enteró, decimos, no sólo de que había tenido una excelente idea al venir a prestar un poco de compañía a su solitario sobrino, sino también de que había hecho muy bien desde el punto de vista de su interés personal, porque era evidente que estaba totalmente anémico. —¿Anémico él, Tienappel?— «Vamos, ¡y de qué manera!», dijo Behrens, y bajó el párpado inferior del cónsul con el dedo índice. «¡Anémico perdido!», aseguró. Sería muy inteligente por parte del señor tío instalarse allí cómodamente durante unas semanas, echándose a reposar en la terraza y siguiendo el ejemplo de su sobrino en todo. En su estado, lo más sensato era vivir durante un tiempo como si padeciese una ligera tuberculosis pulmonum, enfermedad que, por otra parte, siempre estaba latente. «Claro, claro…», se apresuró a responder el cónsul, y se quedó un rato con la boca abierta, mirando cómo el doctor se alejaba remando con los brazos y sacando la cabeza, mientras su sobrino permanecía de pie a su lado en actitud dejada, como si estuviese por encima de todo.

La montaña mágica - Thomas Mann

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