He decidido que, a partir de ahora, voy a ocuparme de los enfermos graves y los moribundos de esta casa; eso me hará mucho bien. De hecho, ya esta visita me ha hecho bien en cierto sentido. El pobre Reuter, el de la número 25, al que vi en los primeros días de mi estancia aquí, debe de haber abandonado este mundo hace tiempo, y se lo llevarían a escondidas. Cuando le vi ya tenía los ojos exageradamente grandes. Pero quedan muchos otros, el sanatorio está lleno; y luego están los que van llegando, y la hermana Alfreda o la superiora, o el mismo Behrens en persona, nos ayudarán con gusto a entrar en relación con algunos; no debe de ser muy difícil. Supón que, por ejemplo, llega el cumpleaños de algún moribundo y que nosotros nos enteramos… no faltan medios para saberlo. Pues bien, enviamos un ramo de flores a la habitación del enfermo (o enferma, según el caso), una atención de dos compañeros anónimos, nuestros mejores deseos para su curación, ya que la palabra curación, por pura cortesía, siempre está indicada. Naturalmente, el interesado acaba averiguando nuestro nombre, y él o ella, en su debilidad, nos envía a su vez un amable saludo, tal vez nos invita a que vayamos un instante a su habitación, y cambiamos unas palabras humanas con él antes de que muera. Ésa es mi idea. ¿No te parece bien? Yo, desde luego, así me lo he propuesto.
Joachim, en efecto, no tuvo mucho que objetar a tales proyectos.
—El reglamento de la casa lo prohíbe —dijo—; de algún modo, transgredes las normas. ¡Pero excepcionalmente y por una vez, es posible que Behrens te dé autorización! Puedes decir que lo haces por interés hacia la medicina.
—Algo de eso hay también —dijo Hans Castorp, pues era cierto que los motivos que habían inspirado su deseo eran muy complejos. La protesta contra el egoísmo generalizado no era más que uno de ellos. Otra de las cosas que le habían decidido era la necesidad de su espíritu de tomar en serio el sufrimiento y la muerte y poder honrarlos como creía que merecían, necesidad que esperaba satisfacer y fortalecer acercándose a los enfermos graves y a los agonizantes y que habría de compensar los innumerables insultos a que se hallaba expuesto cada día y a cada momento, así como a las ofensas que, en ciertas ocasiones, suponían ciertas afirmaciones de Settembrini.
La montaña mágica - Thomas Mann
No hay comentarios:
Publicar un comentario