La montaña mágica - Thomas Mann
martes, 5 de noviembre de 2019
Hasta entonces, Hans Castorp había creído que, como todo el mundo y dentro de una medida normal, sabía cómo interpretar este importante asunto que con tanta frecuencia es objeto de bromas, y no tenía motivo para pensar que pudiera ser de otro modo. Ahora, sin embargo, se daba cuenta de que, allá abajo, había visto muy poco, por no decir que había vivido en la más infantil de las ignorancias, mientras que, allí arriba, aquellas experiencias personales cuya naturaleza hemos intentado esclarecer con frecuencia y que, en algunos momentos, le habían arrancado la exclamación «¡Oh, Dios mío!», le hacían —eso sí, de forma subjetiva— capaz de percibir aquel matiz de gran novedad, de aventura insólita e inefable que dicho asunto adquiría entre las gentes del Berghof en general y para cada uno en particular. No es que allí no se bromease sobre ello. Ahora bien, allí arriba, la broma siempre parecía broma pesada, tenía algo de siniestra y ahogada, lo cual ponía de manifiesto tanto más claramente que no era más que una tapadera demasiado transparente para la angustia que se trataba de ocultar debajo o —por ser más explícitos— que no había manera de ocultar. Hans Castorp recordaba la palidez de Joachim cuando, por primera y última vez, había hecho alusión al físico de Marusja en el tono inocente del mundo de allá abajo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario