—Ese señor Naphta ha hablado mucho en contra del dinero, del alma del Estado, y de la propiedad privada que, según él, es una forma de robo; en resumen, se ha mostrado contrario a la riqueza capitalista, de la que ha dicho, según creo haber entendido, que alimenta el fuego del infierno, y ha alabado con sumo entusiasmo la condena de la usura en la Edad Media. Y, al mismo tiempo, él mismo… Perdóneme, pero me parece que ese hombre tiene que ser… Bueno, es una verdadera sorpresa entrar en su casa. Toda esa seda…
—Sí, sí —dijo Settembrini sonriendo—, sus gustos son muy característicos.
—… esos preciosos muebles antiguos —recordó Hans Castorp en voz alta—, la Pietà del siglo catorce…, la lámpara veneciana…, el joven criado de librea…, el abundante brazo de chocolate…, tiene que ser un hombre muy…
—El señor Naphta —contestó Settembrini— es tan poco capitalista como yo.
—¿Cómo puede ser eso, señor Settembrini? —preguntó Hans Castorp—. Eso merece una explicación.
—Ésos no dejan que los suyos mueran de hambre.
—¿«Ésos»?
—Esos padres.
—¿Padres? ¿Qué padres?
—¡Sí, ingeniero, me refiero a los jesuitas!
Reinó un momento de silencio. Los primos manifestaron la más viva sorpresa y Hans Castorp exclamó:
—¡Será posible…! ¡Qué diablos! ¿Ese hombre… es un jesuita?
—Lo ha adivinado —murmuró Settembrini con cierta ironía.
—No, no, jamás lo hubiera imaginado… ¿Por eso le ha llamado «padre»?
—Era una pequeña exageración de cortesía —replicó Settembrini—; el señor Naphta no es «padre» propiamente dicho; la enfermedad no le permitió alcanzar ese grado. Pero llegó a hacer el noviciado y a pronunciar los primeros votos. La enfermedad le obligó a interrumpir sus estudios de teología. Luego pasó unos años como prefecto en una casa de la orden, es decir, sirvió como preceptor lego o supervisor de los jóvenes novicios. Una labor muy acorde con sus inclinaciones pedagógicas. Aquí puede hacer algo similar enseñando latín en el Fridericianum. Vive aquí arriba desde hace cinco años y no se sabe cuándo podrá abandonar este lugar, si es que lo hace alguna vez. Pero es miembro de la orden y, aunque estuviese unido a ella por un lazo todavía más débil, no le faltaría nada. Ya les he comentado que de por él es pobre, quiero decir que no posee nada. Naturalmente, ésas son las normas. La orden, sin embargo, dispone de riquezas inmensas y cuida bien de los suyos, como han podido ver.
La montaña mágica - Thomas Mann
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