La montaña mágica - Thomas Mann
miércoles, 13 de noviembre de 2019
En realidad, Elia Naphta había sido un soñador y un pensador; no sólo un estudioso de la Torá, sino también un crítico de las Escrituras, cuya interpretación discutía con el rabino, y con frecuencia terminaba peleándose con él. En su comarca —y no sólo entre sus correligionarios— era considerado una persona especial, alguien que sabía muchas más cosas que la mayoría, en parte por su naturaleza espiritual pero en parte también de una manera un tanto oscura que, sea como fuere, excedía los límites del orden normal. Había en él algo extraño, sectario, como si fuera un Elegido, un Baal-Schem o un Zaddik —es decir, un taumaturgo—, por cuanto, según se decía, una vez había curado realmente a una mujer aquejada de una terrible erupción cutánea, y otra vez a un joven que padecía convulsiones, en ambos casos a base de sangre y de recitar determinados versículos. No obstante, aquella aureola de Elegido con ciertos poderes oscuros de la que formaba parte el olor de la sangre, ligado a su forma de ganarse la vida, hubo de convertirse en su perdición. Elia Naphta sufrió una muerte espantosa a manos de una turba, enloquecida por el misterioso asesinato de dos niños cristianos: fue hallado crucificado, sujeto con clavos a la puerta de su casa en llamas, después de lo cual, su mujer, a pesar de estar enferma de tisis y de tener que guardar cama, había tenido que huir del país con el pequeño Leib y otros cuatro hermanos, todos gritando y gimiendo y alzando los brazos al cielo.
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