martes, 5 de noviembre de 2019

En pocas palabras: nuestro joven protagonista estaba perdidamente enamorado de Clavdia Chauchat. Usamos nuevamente esa palabra porque creemos haber disipado lo suficiente los malentendidos a que podría dar lugar. Y no era un amor tierno y sosegado como el que evocaba aquella cancioncilla sentimental, sino más bien una variante bastante atrevida y desazonadora de esa enajenación, una mezcla de frío y calor, como la que siente un hombre febril o la que puede provocar un día de octubre en la alta montaña. Lo que faltaba era justo ese punto de sosegada ternura que habría podido armonizar ambos extremos.
El amor de Hans Castorp se manifestaba, por una parte, con una inmediatez que hacía palidecer al joven y le desencajaba el rostro al ver la rodilla de Madame Chauchat, la línea de su pierna, su espalda, su vértebra cervical asomando por encima del cuello de la blusa y sus brazos cruzados que comprimían sus pequeños pechos; en una palabra: su cuerpo, aquel cuerpo de una carnalidad terriblemente acentuada por la enfermedad, aquel cuerpo convertido doblemente en cuerpo. Por otra parte, también era un sentimiento sumamente fugaz y evanescente, una idea, no: un sueño; un sueño espantoso e infinitamente seductor de un joven que no habría sabido responder a ciertas preguntas, muy precisas aunque formuladas de manera inconsciente, sino con un completo silencio. Como todo el mundo, reivindicamos el derecho de hacer nuestras reflexiones personales respecto a los hechos aquí relatados, y nos atrevemos a suponer que Hans Castorp nunca hubiese rebasado el plazo que se había fijado originariamente para su permanencia en el sanatorio, ni siquiera hasta el punto en que nos hallamos, si su alma sencilla no hubiese encontrado en las profundidades del tiempo una respuesta, de algún modo satisfactoria, respecto al sentido y fin de la vida.
Por lo demás, su enamoramiento le infligía todo el dolor y le procuraba todas las alegrías que acompañan a este estado en todas las ocasiones y circunstancias. El dolor es penetrante, contiene un elemento de humillación, como todos los dolores, y responde a tal desequilibrio del sistema nervioso que corta la respiración hasta el punto de arrancar amargas lágrimas a un hombre adulto. Para hacer justicia también a las alegrías, añadiremos que éstas eran numerosas y, aunque se debieran a motivos insignificantes, no eran menos profundas que el dolor. Podían brotar en todo momento del día en el Berghof.

La montaña mágica - Thomas Mann

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