miércoles, 13 de noviembre de 2019

En aquella época, poco después del fallecimiento de su madre, Leo trabó conocimiento con el padre Unterpertinger. El joven de dieciséis años se encontraba sentado en un banco del parque de Margarethenkopf, en una pequeña colina al oeste de la pequeña ciudad a orillas del Ill, desde donde se disfrutaba de una espléndida vista sobre el valle del Rin. Allí estaba, pues, sumido en amargos y tristes pensamientos sobre su destino, sobre su futuro, cuando un profesor del internado de los jesuitas Stella Matutina que paseaba por el parque se sentó a su lado, se quitó el sombrero, cruzó las piernas bajo su sotana de cura seglar y, tras pasar un rato leyendo su breviario, entabló una conversación que se desarrolló con gran viveza y que habría de cambiar el destino del joven Leo. El jesuita, un hombre de mundo y de excelente educación, apasionado pedagogo, conocedor de la naturaleza humana y pescador de almas, escuchó con atención las primeras frases sarcásticas y agudamente articuladas con las que el pobre muchacho judío contestaba a sus preguntas. De ellas se desprendía una espiritualidad tan acentuada como torturada y, más allá de eso, unos conocimientos y una capacidad de pensamiento cuya elegancia rayaba en lo perverso y que, a la vista del aspecto desastrado del joven, resultaba tanto más sorprendente. Hablaron de Karl Marx, de quien Leo Naphta había estudiado El Capital en una edición popular, y de allí pasaron a Hegel, al que también había leído bastante o en cualquier caso lo suficiente para poder formular algunas observaciones impresionantes. Ya fuera por una predilección general por la paradoja, ya por el deseo de mostrarse cortés, Naphta consideró a Hegel un pensador «católico», y cuando el jesuita le preguntó sonriendo sobre qué podía fundar semejante juicio, puesto que Hegel, en su calidad de filósofo del Estado prusiano, debía ser considerado como esencial y específicamente protestante, él contestó que la propia expresión «filósofo del Estado» confirmaba que hablar del catolicismo de Hegel estaba plenamente justificado en un sentido religioso, aunque no lo estuviera desde el punto de vista dogmático-confesional. Porque (esta conjunción le gustaba especialmente a Naphta; adquiría en sus labios un matiz implacable, demoledor, y sus ojillos brillaban tras los cristales de sus gafas cada vez que podía insertarla en una de sus frases) el concepto de lo político estaba psicológicamente unido al concepto de catolicismo, ambos formaban una misma categoría que comprendía todo lo objetivo, lo activo, todo lo relacionado con la acción y la realización directa, con su repercusión en el mundo real. A esta categoría se opondría la postura protestante, pietista, surgida de la mística.

La montaña mágica - Thomas Mann

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