viernes, 8 de noviembre de 2019

Claro que, a cambio, Joachim había hecho otro descubrimiento: justo el que consideraba como una traición por parte de Hans Castorp; y había sido de un modo totalmente involuntario, sin haber hecho nada que hubiera podido suponer una mínima mancha en su honor de oficial. ¡De eso no quepa duda! Un miércoles, durante la primera cura de reposo, le llamaron del sótano (que no era tal sótano) para que el masajista le pesara, y fue entonces cuando se llevó la sorpresa. Bajaba la escalera, aquella escalera con suelo de linóleo que conducía a la puerta de la sala de consultas por un lado y, por el otro, a los dos laboratorios; a la izquierda estaba el de radioscopia orgánica y, a la derecha, volviendo el recodo, un escalón más bajo, y con la tarjeta de visita de Krokovski clavada con chinchetas en la puerta el gabinete de análisis psíquico. A media altura de la escalera, Joachim se detuvo al ver salir a Hans Castorp —que venía de ponerse la inyección— del gabinete de consultas. Cerró la puerta por la que había salido con las dos manos y, sin mirar en torno suyo, se dirigió hacia la derecha, hacia la puerta de la tarjeta de visita clavada con chinchetas. Llamó a esta puerta, inclinándose levemente para acercar el oído a sus dedos. Y cuando se oyó una voz de barítono que, con su típica erre casi gutural y su peculiar forma de pronunciar las vocales, decía «¡Entre!», Joachim vio cómo su primo desaparecía en la penumbra de aquella cueva donde el doctor Krokovski llevaba a cabo su «disección psíquica».

La montaña mágica - Thomas Mann

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