martes, 12 de noviembre de 2019

—Claro, claro —dijo el cónsul—. Le agradezco infinitamente sus explicaciones. —A la mañana siguiente, había desaparecido.
Escapó en el primer tren que le llevó de regreso al mundo de allá abajo. Naturalmente, lo había dejado todo arreglado. ¿Quién puede suponer lo contrario? Había pagado la cuenta, así como una consulta médica que había tenido lugar con toda discreción, sin decir una palabra de ello a su sobrino; y había preparado sus dos maletas —debió de hacerlo esa noche o de madrugada—, de modo que, cuando Hans Castorp entró en su habitación a la hora del primer desayuno, la encontró vacía.
Con los brazos en jarras dijo:
—Vaya, vaya… —Y una sonrisa melancólica se dibujó en su semblante—. Ahí lo tienes —dijo, meneando la cabeza. Había puesto pies en polvorosa. A toda prisa, en secreto, como si hubiese tenido que aprovechar la determinación del momento antes de pensárselo dos veces, había metido sus cosas en las maletas y se había marchado. Solo, sin el sobrino, sin cumplir su honrosa misión, simplemente feliz por haber logrado escapar sano y salvo. «Ahí tienes al buen tío James, el perfecto caballero burgués huyendo hacia la bandera del mundo de allá abajo. Pues nada, buen viaje», pensó.

La montaña mágica - Thomas Mann

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