miércoles, 13 de noviembre de 2019

—Bueno, bueno —dijo Settembrini—. El ataque del señor Ferge va ganando grandeza a medida que pasa el tiempo, y pronto acabará flotando sobre su cabeza como una aureola.
Él por su parte, no tenía en demasiada estima a los enfermos que se creían con derecho a ser admirados. Él mismo estaba enfermo y bastante grave y, sin poner en ello la menor afectación, más bien se sentía inclinado a avergonzarse. Por otra parte, hablaba de una manera impersonal, filosófica, y lo que había señalado sobre las diferencias en la naturaleza y las sensaciones del enfermo y del hombre sano estaba perfectamente fundamentado; bastaba pensar en las enfermedades mentales, en las alucinaciones, por ejemplo. Si a uno de sus compañeros allí presentes, ya fuese el ingeniero o el señor Wehsal, esa noche, en el crepúsculo, se le apareciera en un rincón de su habitación su padre muerto mirándole y hablándole, eso sí sería para el caballero una tremenda aberración, una experiencia que le dejaría conmocionado y trastornado hasta tal punto que, antes de perder la razón, se apresuraría a escapar de la habitación e iniciar un tratamiento psiquiátrico. ¿No estaba en lo cierto? Pero la broma consistía precisamente en que eso no podía ocurrir de ningún modo a ninguno de los presentes, puesto que estaban en su sano juicio. Si tal cosa les ocurriese, ya no estarían sanos, sino enfermos, y ya no reaccionarían como un hombre sano, es decir, huyendo espantados, sino que verían aquella aparición como algo completamente normal y entablarían una conversación con ella, como de hecho hacen los que sufren alucinaciones; y creer que la alucinación constituía un motivo de espanto para quienes la tenían era un error de enfoque que cometía la persona sana.

La montaña mágica - Thomas Mann

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