lunes, 11 de noviembre de 2019

Behrens le cogió por el brazo y empezó a auscultarle y darle golpecitos. No dictó nada a su ayudante. Todo fue bastante rápido. Cuando hubo terminado, dijo:
—Puede emprender el viaje.
Hans Castorp balbuceó:
—Eso significa… ¿Cómo puede ser…? ¿Estoy curado, entonces?
—Sí, está curado. La pequeña lesión de la parte superior izquierda ya no merece mención. La fiebre que presenta no depende de eso. No sabría decirle de dónde proviene. Supongo que no tiene mucha importancia. Si quiere, puede marcharse.
—Pero… Doctor… ¿No lo dirá usted en serio?
—¿Que no hablo en serio? ¿Qué dice? ¿Qué se ha creído? Me gustaría saber lo que piensa de mí. ¿Por quién me toma? ¿Por el dueño de un hotelito?
Era un verdadero ataque de ira. El color azul del rostro del doctor se había tornado violeta por la sangre que le hervía en las venas; el pliegue de su labio superior se había acentuado notoriamente bajo el pequeño bigote de tal manera que se le veían los caninos superiores; meneaba la cabeza como un toro y sus ojos se inundaron de lágrimas y de sangre.
—¡No se lo consiento! —gritó—. ¡Para empezar, yo aquí no soy dueño de nada! ¡Soy un empleado! ¡Soy médico! Médico y nada más, ¿entiende? ¡No soy un alcahuete! No soy un signor Amoroso de Toledo en la bella Napoli, ¿se entera? ¡Estoy al servicio de la humanidad que sufre! Y si se han formado otra idea de mi persona, ya pueden irse los dos con viento fresco, al diablo o adonde quieran. ¡Buen viaje!

La montaña mágica - Thomas Mann

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