miércoles, 13 de noviembre de 2019

Al menos, mientras el italiano expresara su fervor por tales ideas, Naphta haría gala de su cosmopolitismo cristiano, diría que todos los países eran su patria porque, al mismo tiempo, ninguno lo era, y repetiría en un tono hiriente las palabras de un general de su orden llamado Nickel, según el cual el amor a la patria era «una peste y la más segura muerte del amor cristiano».
Naturalmente, cuando Naphta decía que el patriotismo era una peste lo hacía en nombre del ascetismo; y ¡qué no entendería él por ascetismo, qué no iría en contra de tal principio en su opinión! No sólo el amor a la familia y al país sino también el amor a la salud y a la vida; ese amor era precisamente lo que reprochaba al humanista cuando éste predicaba la paz y la felicidad; le acusaba, en tono belicoso, de amar la carne —amor carnalis—, de amar las comodidades personales —amor commodorum corporis—, y le decía a la cara que conceder la menor importancia a la vida y a la salud eran una muestra de irreligiosidad burguesa de la peor índole. Así sucedió durante la fuerte discusión sobre la salud y la enfermedad que se entabló un día, ya muy cerca de la Navidad, durante un paseo por la nieve hasta Davos Platz, en la que volvieron a salir a la luz estas divergencias y en la que tomaron parte Settembrini, Naphta, Hans Castorp, Ferge y Wehsal; todos un poco febriles, aturdidos y a la vez excitados de tanto hablar y caminar con aquel frío glacial de las alturas; todos presa de escalofríos, tanto los que tuvieron un papel activo en la disputa —a saber, Naphta y Settembrini— como los que se mantuvieron pasivos o se limitaron a hacer breves intervenciones; todos fervientemente entusiasmados hasta el punto de que, olvidándose de todo, se detenían con frecuencia formando un grupo que gesticulaba, se robaba la palabra y obstruía el paso sin atender a los demás paseantes, que tenían que dar un rodeo para seguir su camino y que también se paraban con ellos, les escuchaban un rato y se quedaban atónitos ante sus sofisticadísimos argumentos.

La montaña mágica - Thomas Mann

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