Vronski escuchaba con agrado la charla de esa mujer bonita, le daba la razón, la aconsejaba, bromeando, y no tardó en adoptar el tono que solía emplear con esa clase de mujeres.
En su mundo de San Petersburgo la gente se dividía en dos categorías completamente distintas. Una de ellas estaba compuesta de gente vulgar, necia y, sobre todo, absurda, que opinaba que los maridos deben ser fieles a sus mujeres, que las muchachas deben ser inocentes; las mujeres, pudorosas; los hombres, viriles, firmes y templados, y que es preciso educar a los hijos, ganarse la vida, pagar las deudas y otras tonterías por el estilo. Esta era la clase de gente anticuada y ridícula. Pero había otra, a la que pertenecían todos ellos, en la que lo principal era ser elegante, generoso, decidido, alegre y entregarse a las pasiones sin avergonzarse, riéndose de todo lo demás.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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