«Soy una mala mujer, una mujer perdida —pensó—, pero no me gusta mentir, no soporto la mentira, y él —el marido— se alimenta de mentiras. Lo sabe todo, lo ve todo; ¿qué siente cuando puede hablar con esa tranquilidad? Si me matara, si matara a Vronski, lo respetaría, pero no, solo necesita mentiras y decoro», se decía Anna, sin concretar qué es lo que precisamente deseaba de su marido, ni cómo le gustaría que fuese. Tampoco comprendía que esa locuacidad de Alexiéi Alexándrovich, en aquel momento que tanto la irritaba, no era sino la manifestación de su desasosiego y de su inquietud. Lo mismo que un niño que se ha dado un golpe y salta, poniendo en movimiento sus músculos para calmar el dolor, así a Karenin le era imprescindible la actividad mental para ahogar aquellos pensamientos respecto de su mujer, que en presencia de ella y de Vronski y oyendo repetir incesantemente el nombre de este, reclamaban su atención. Y tan natural como le resulta a un niño el dar saltos, le era a él hablar bien y con sensatez.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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