Solo al principio de su vida en Moscú chocaron a Lievin, como a un habitante de aldea, aquellos gastos inútiles, pero inevitables, que le exigían por doquier. Ahora ya se había acostumbrado a ellos. Le había ocurrido en este aspecto lo que suele sucederles a los borrachos: la primera copa les sienta como un tiro, la segunda como un halcón y desde la tercera todas son como pajarillos. Cuando cambió el primer billete de cien rublos para pagar las libreas del lacayo y del portero, pensó que nadie las necesitaba, pero, sin embargo, debían de ser imprescindibles, a juzgar por el asombro de Kiti y de su madre al insinuar Lievin que podían pasarse sin ellas.
Pensó que el coste de aquellas libreas representaba el jornal de dos hombres durante casi trescientos días de labor, desde Pascua hasta Cuaresma, trabajando penosamente de sol a sol, y aquel billete de cien rublos le sentó como la primera copa. Pero gastó con más facilidad el billete siguiente en comprar víveres para una comida ofrecida a los parientes, que costaron veintiocho rublos, aunque cayó en la cuenta de que representaban nueve chetverts de avena, obtenida por medio de trabajos y sudores, segando, atando las gavillas, trillando, aventando y cribando. Y ahora, los billetes cambiados ya no le hacían pensar en tales cosas y volaban como pajarillos. Hacía mucho que no reflexionaba acerca de si el placer de gastar correspondía al del esfuerzo de ganar.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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