—Sirvo muy bien para esto porque la vida no representa nada para mí. Y sé que poseo la suficiente energía para irrumpir en la lucha y matar o morir. Me complace que exista algo para dar mi vida, y no porque no la necesite, sino porque se me ha vuelto odiosa. Así le servirá a alguien —añadió, haciendo un movimiento de impaciencia con la mandíbula, provocado por el insistente dolor de muelas, que incluso le impedía hablar con la expresión que deseaba.
—Le pronostico que se reanimará usted —dijo Serguiéi Ivánovich, conmovido—. Libertar del yugo a nuestros hermanos es una causa digna de ofrendar la vida. Que Dios le conceda éxito y la paz interior —añadió, tendiéndole la mano.
Vronski estrechó calurosamente la mano de Serguiéi Ivánovich.
—Sí, como instrumento puedo servir de algo. Pero como hombre no soy sino una ruina —dijo, recalcando las palabras.
El terrible dolor de una muela le llenaba la boca de saliva y le impedía hablar. Vronski calló y examinó las ruedas del ténder, que se acercaba deslizándose lenta y suavemente por los carriles.
Y de repente un malestar general interior le obligó a olvidar momentáneamente el dolor de muelas. El ténder y la vía, así como el influjo de la conversación con aquel conocido, al que no había vuelto a ver desde su desgracia, le hicieron recordar a ella, es decir, lo que quedaba de ella cuando entró, corriendo como un loco, en el puesto de gendarmería de la estación: en la mesa, tendido impúdicamente, entre gente desconocida, estaba el ensangrentado cuerpo, aún lleno de vida reciente. Tenía la cabeza intacta, echada hacia atrás, con sus pesadas trenzas y sus rizos en las sienes. En su rostro encantador —de roja boca entreabierta— había una expresión extraña y lastimosa en los labios y horrible en los ojos inmóviles y abiertos, como si estuviera pronunciando las terribles palabras que le dijo durante la última discusión: «Se arrepentirá».
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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