Sin embargo, la atención de Hans Castorp estaba absorbida por una especie de saco, una masa más densa que se movía como un animal y se veía, oscura, detrás de la columna central, a la derecha del espectador… que se dilataba regularmente y se contraía de nuevo, como una medusa flotando en el agua.
—¿Ve su corazón? —preguntó el consejero, levantando su enorme mano del muslo para señalar repetidas veces con el dedo aquella extraña masa que latía.
¡Cielos, era el corazón de Joachim, aquel corazón amante del honor, lo que Hans Castorp estaba viendo!
—Estoy viendo tu corazón —dijo con voz ahogada.
—Pues mira, mira… —respondió Joachim y, sin duda, sonreía resignado, allí en la oscuridad. El doctor Behrens, en cambio, les mandó callar y dejarse de sentimentalismos. Estudiaba las manchas y las líneas, aquella zona negruzca en la cavidad interior del pecho, mientras que Hans Castorp no se cansaba de mirar lo que podía haber sido el fantasma de Joachim, su esqueleto desnudo, aquellos huesos sin carne que no eran sino un memento de la muerte. Le invadió un sentimiento de profundo respeto mezclado con un profundo terror.
—Sí, sí, lo veo —repitió varias veces—. ¡Dios mío, lo veo!
Había oído hablar de una mujer, pariente de los Tienappel, muerta desde hacía mucho tiempo, que tenía la suerte o la desgracia de poseer un don particular: veía a las personas que iban a morir pronto en forma de esqueletos. Así veía ahora Hans Castorp al buen Joachim, aunque era gracias a la ciencia física y óptica, con lo cual no habría nada de paranormal y nada de qué preocuparse y, además, todo sucedía con la expresa autorización del sujeto en cuestión.
Con todo, comprendía cuán lleno de melancolía debía de haber sido el destino de aquella tía suya, la vidente. Profundamente emocionado por todo lo que veía, es decir, por el hecho de ver aquello, le asaltaban tremendas dudas inconfesables, se preguntaba si todo aquello estaba bien, se preguntaba si aquel espectáculo en aquella oscuridad, entre aquellas chispas y aquellas corrientes, era verdaderamente lícito; y el enorme placer de la indiscreción se mezclaba en su pecho con sentimientos de emoción y piedad.
La montaña mágica - Thomas Mann
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