domingo, 6 de octubre de 2019

«¿Quién será? —se preguntó—. ¿Todos o uno solo?». Y sin prestarle ayuda al joven con quien bailaba, que hacía grandes esfuerzos por reanudar la conversación, cuyo hilo había perdido, y obedeciendo de un modo automático a los alegres gritos imperiosos de Korsunski, que tan pronto lanzaba a todos al grand rond, tan pronto a la chaîne, Kiti observaba y su corazón se oprimía cada vez más. «No, no es la admiración general lo que la embriaga, sino la de uno solo. ¿Será posible que sea la de él?». Cada vez que Vronski le hablaba, los ojos de Anna brillaban alegres. Y una sonrisa de felicidad asomaba a sus labios rojos. Parecía que se esforzaba en no mostrar aquellos indicios de alegría, que se manifestaban a pesar suyo. «Pero ¿qué le pasa?», pensó Kiti, mirando horrorizada a Vronski. Vio en su rostro lo que tan claramente había observado en el de Anna. ¿Qué había sido de su actitud, siempre firme y serena, y de la expresión despreocupada y tranquila de su semblante? Ahora, cada vez que se dirigía a Anna, inclinaba ligeramente la cabeza, como si deseara caer a sus pies, y su mirada expresaba tan solo el miedo y la sumisión. «No quiero ofenderla, pero quisiera salvarme y no sé cómo hacerlo», parecía decir su mirada. Kiti no había visto nunca esa expresión en el semblante de Vronski.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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