Sentado solo en el coche cubierto, extrajo la carta de su madre y la notita de su hermano y se puso a leerlas.
Siempre se trataba de lo mismo. Su madre, su hermano, todos consideraban que debían intervenir en sus asuntos amorosos. Aquella intromisión despertaba la ira en él, sentimiento que experimentaba rara vez. «¿Qué les importa? ¿Por qué creen todos que es obligación suya preocuparse de mí? ¿Por qué me acosan? Porque ven que se trata de algo que no pueden comprender. Si se tratara de unas relaciones corrientes y vulgares, me dejarían en paz. Se dan cuenta de que es otra cosa, que no es un juego y que esta mujer me importa más que mi propia vida. Y como no pueden entenderlo, les molesta. Sea cual fuere nuestra suerte, nosotros nos la hemos creado y no nos quejamos de ella —pensaba, uniendo a Anna a sí mismo con aquel “nosotros”—. Quieren enseñarnos a vivir. Pero no tienen ni idea de lo que es una dicha así, y no saben que sin ese amor para nosotros no hay ni ventura ni desventura y ni siquiera vida».
Se enfadaba con todos por su entremetimiento, porque en su fuero interno se daba cuenta de que tenía razón. Sentía que el amor que lo unía a Anna no era un capricho pasajero que se disiparía como cualquier asunto amoroso mundano sin dejar más huellas que unos recuerdos agradables o desagradables. Se daba cuenta de lo doloroso de la situación de ambos, de la dificultad de ocultar su amor a la sociedad en que vivían, de mentir y de engañar; todo eso les resultaba muy difícil, porque su pasión era tan avasalladora que les hacía olvidar todo lo demás.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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