—¡Sea bienvenido, señor Castorp! Espero que se adapte pronto y que se encuentre bien entre nosotros. ¿Me permite preguntarle si ha venido como paciente?
Era conmovedor observar los esfuerzos de Hans Castorp para mostrarse amable y dominar sus deseos de dormir. Le fastidiaba estar tan bajo de forma y, con el orgullo desconfiado de los jóvenes, creyó percibir en la sonrisa y la actitud tranquilizadora del ayudante las señales de una indulgente mofa. Contestó diciendo que pasaría allí tres semanas, mencionó sus exámenes y añadió que, a Dios gracias, se hallaba completamente sano.
—¿De verdad? —preguntó el doctor Krokovski, inclinando la cabeza a un lado como para burlarse y acentuando su sonrisa—. ¡En tal caso es usted un fenómeno completamente digno de ser estudiado! Porque yo nunca he encontrado a un hombre enteramente sano. ¿Me permite que le pregunte a qué exámenes se ha presentado?
—Soy ingeniero, señor doctor —contestó Hans Castorp con modesta dignidad.
—¡Ah, ingeniero! —Y la sonrisa del doctor Krokovski se relajó, perdiendo por un instante algo de su fuerza y cordialidad—. Admirable. ¿Y, dice, pues, que no va a necesitar ningún tipo de tratamiento médico, ni físico ni psíquico?
—No, muchísimas gracias —dijo Hans Castorp, que estuvo a punto de retroceder un paso.
En ese momento la sonrisa del doctor Krokovski apareció de nuevo victoriosa y, mientras estrechaba la mano del joven, exclamó en voz alta:
—¡Pues que duerma usted bien, señor Castorp, con la plena conciencia de su salud de hierro! ¡Duerma bien y hasta la vista!
La montaña mágica - Thomas Mann
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