¿Se ha puesto el termómetro?
Él negó con la cabeza.
—¿Por qué no? —preguntó la enfermera, y se quedó con ese gesto: con el labio inferior salido.
Él permaneció en silencio. El bueno de Hans Castorp era aún muy joven, y todavía conservaba la costumbre del escolar que guarda silencio cuando se encuentra de pie ante su pupitre y no sabe nada.
—¿No será usted de ésos que nunca se toman la temperatura?
—Sí, sí, señora superiora. Cuando tengo fiebre…
—¡Pero, hijo! Uno se pone el termómetro básicamente para saber si tiene fiebre. Y ahora, según su opinión, ¿tiene fiebre?
—No lo sé, señora superiora. No estoy seguro. Un poco febril y escalofriado sí que me siento desde que estoy aquí arriba.
—¡Ah, claro! ¿Y dónde está su termómetro?
—No tengo, señora. ¿Para qué? No estoy más que de visita. Yo estoy sano.
—¡Memeces! ¿Me ha mandado usted llamar porque se encuentra bien?
—No —respondió Hans Castorp cortésmente—, es porque estoy un poco…
—Resfriado. Aquí ya conocemos esa clase de catarros. ¡Tenga! —Y comenzó a hurgar de nuevo en su bolso hasta que sacó dos estuches alargados de cuero, uno negro y otro rojo, y los puso sobre la mesa—. Éste cuesta tres francos y medio y éste cinco francos. Naturalmente, le va a salir mejor el de cinco. Puede servirle toda la vida, si lo usa como es debido.
Sonriendo, el joven tomó el estuche rojo y lo abrió. Como una joya, el instrumento de cristal reposaba en la hendidura diseñada para tal efecto en el interior forrado de terciopelo rojo. Los grados estaban marcados con rayitas rojas y las décimas con rayitas negras. Las cifras también eran rojas. La parte inferior, que iba estrechándose, estaba llena de brillante mercurio. La columna estaba muy baja, marcando un grado muy inferior al del calor animal normal.
Hans Castorp sabía lo que se debía a sí mismo y a su prestigio.
—Me quedo con éste —dijo, sin siquiera prestar atención al otro—. El de cinco. ¿Puedo pagarlo…?
—¡Naturalmente! —exclamó la superiora—. No hay que regatear en las compras importantes. No hay prisa, se le anotará en la factura. Démelo. Para comenzar, vamos a hacerlo descender completamente, así…
Le quitó el termómetro de las manos, lo sacudió repetidas veces en el aire, e hizo descender la columna de mercurio hasta los 35 grados.
—Ya subirá, ya subirá el mercurio —dijo—. Tenga usted, su adquisición. Sin duda, ya conoce nuestras costumbres. Póngaselo debajo de esa lengua que Dios le ha dado durante siete minutos, cuatro veces al día, y cierre bien esa boca. Hasta la vista, hijo. Le deseo buenos resultados.
Y salió de la habitación.
La montaña mágica - Thomas Mann
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