Recordó esas palabras del Evangelio, no porque se considerase sabio. No creía serlo, pero no ignoraba que era más inteligente que su mujer y que Agafia Mijáilovna, ni tampoco que al pensar en la muerte lo hacía con todas las fuerzas de su alma. Muchas inteligencias humanas, cuyas ideas sobre la muerte había leído, habían meditado a fondo sobre ella, pero no sabían ni la centésima parte que su mujer y Agafia Mijáilovna. A pesar de la diferencia entre el ama de llaves y Katia —como la llamaba Nikolái y como ahora le resultaba también especialmente agradable llamarla a Lievin—, en eso eran completamente iguales. Ambas sabían, sin duda alguna, lo que era la vida y la muerte. Y aunque no pudieran comprender ni contestar a las preguntas que se formulaba Lievin, ninguna de las dos tenía duda de la trascendencia de ese fenómeno y lo consideraban de una manera completamente igual, compartiéndolo, además, con millones de otros seres. Y la prueba de que ambas conocían muy bien lo que representaba la muerte era que las dos sabían cómo se debe proceder con los moribundos y, además, no los temían. En cambio, Lievin y otros, aunque pudieran decir mucho acerca de la muerte, la ignoraban, puesto que la temían, y no eran capaces de atender a una persona en ese trance. Si Lievin se encontrase solo a la sazón con su hermano Nikolái, lo miraría horrorizado, esperando el fatal desenlace con un horror aún mayor, incapaz de hacer otra cosa.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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