Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
lunes, 21 de octubre de 2019
Quiso tirarse bajo el centro del primer vagón que llegaba junto a ella, pero la bolsita roja, de la que quiso desprenderse, la entretuvo y no le dio tiempo: el centro había pasado ya. Era preciso esperar el vagón siguiente. La embargó una sensación semejante a la que experimentaba cuando se disponía a entrar en el agua para bañarse, y se persignó. El gesto familiar de la señal de la cruz despertó en su alma una serie de recuerdos de su infancia y de su juventud. Y súbitamente se desvaneció la niebla que lo cubría todo, y la vida se le presentó por un momento con todas sus radiantes alegrías pasadas. Pero Anna no bajaba la vista del segundo vagón que se acercaba. En el preciso instante en que el centro pasaba ante ella, arrojó la bolsita y, hundiendo la cabeza entre los hombros, se arrojó debajo de él, cayendo sobre las manos. Haciendo un ligero movimiento, como si se dispusiera a levantarse enseguida, quedó de rodillas. En aquel momento se horrorizó de lo que hacía: «¿Dónde estoy? ¿Qué hago? ¿Para qué?». Quiso retroceder y echarse para atrás, pero algo enorme, inflexible le dio un golpe en la cabeza y la arrastró de espaldas. «¡Señor, perdóname todo!», pronunció, sintiendo la imposibilidad de luchar. El hombrecillo hablaba haciendo algo, inclinado sobre unos hierros, y la vela ante la cual Anna había leído el libro, lleno de desvelos, engaños, penas y maldades, resplandeció con una luz más viva que nunca; iluminando todo lo que antes había estado en la oscuridad, chisporroteó, comenzó a extinguirse y se apagó para siempre.
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