Por otra parte, sus divagaciones se vieron interrumpidas en ese punto, principalmente porque volvió a atraer su atención el doctor Krokovski, que había elevado la voz de un modo impresionante. Allí estaba, de pie, con los brazos abiertos y la cabeza ladeada, detrás de la mesa y, a pesar de su levita, ¡casi parecía Nuestro Señor Jesucristo en la cruz!
Resultó que, al terminar la conferencia, el doctor Krokovski hacía propaganda activa a favor de la «disección psíquica» y que, con los brazos en cruz, invitaba a todo el mundo a acudir a él. «Venid a mí —parecía decir—, todos los que estáis afligidos y cargados de penas». Y no ponía en duda que todos los de allí arriba, sin excepción, estaban afligidos y cargados de penas. Habló del dolor escondido, del pudor y la pena, de los efectos liberadores del análisis; ensalzó la iluminación del inconsciente, preconizó la transformación de la enfermedad en un sentimiento consciente, exhortó a la confianza y prometió la curación. Luego dejó caer los brazos, enderezó la cabeza, reunió los textos de los que se había servido durante la conferencia y, abrazando su bloque de papeles con la izquierda, cual si fuera un profesor, se alejó por el corredor con la cabeza bien alta.
Todos se pusieron de pie, echaron hacia atrás las sillas y emprendieron lentamente la salida por donde el doctor había abandonado la sala. Era como si todos le siguieran en un movimiento concéntrico, acercándose a él desde todos los lados, con gesto vacilante y como sin voluntad propia, movidos por una extraña atracción, igual que las ratas tras el flautista de Hamelín. Hans Castorp permaneció de pie en medio del tumulto, apoyando una mano en el respaldo de su silla.
«Yo sólo estoy aquí de visita —pensó—, estoy bien de salud, a Dios gracias, no formo parte de esto, y en la próxima conferencia ya no estaré aquí».
La montaña mágica - Thomas Mann
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