martes, 29 de octubre de 2019

Por otra parte, la devolución del lápiz se llevó a cabo de la forma más sencilla, enteramente de acuerdo a las intenciones de Hans Castorp, es más: para cierto orgullo de éste, en su estado de enajenación y euforia por el trato íntimo con Hippe.
—¡Toma —dijo—, muchas gracias!
Pribislav no dijo nada, se limitó a revisar fugazmente el mecanismo y a guardar el lápiz en el bolsillo…
No volvieron a hablar nunca más, pero al menos aquella vez, gracias al arrojo de Hans Castorp, había sucedido…
Abrió los ojos, confundido ante la viveza de su ensoñación. «Creo que he soñado —pensó—. Sí, era Pribislav… Hacía mucho tiempo que no pensaba en él. ¿Dónde habrán ido a parar las virutas del lápiz? El pupitre está en el desván, en casa de mi tío Tienappel. Deben de estar todavía en el cajoncito interior de la izquierda. No las saqué jamás. Ni siquiera me acordé de tirarlas… Era Pribislav en carne y hueso, nunca hubiera creído que volvería a verle con tanta claridad. ¡Cómo se parecía a esa mujer del sanatorio! ¡A la de aquí arriba! ¿Por eso me interesa tanto ella? O es al revés: ¿Por eso me interesó tanto él en tiempos? ¡Tonterías! ¡Menudas tonterías! Por cierto, tengo que irme y, además, lo antes posible».
Sin embargo, permaneció un rato tendido, soñando y recordando. Luego se puso en pie.
—¡Adiós, pues, y mil gracias! —dijo, y sonrió mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

La montaña mágica - Thomas Mann

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