viernes, 11 de octubre de 2019

Pero Vronski no pudo recordar enseguida lo que había querido decirle. Aquellos accesos de celos que últimamente le daban a Anna con más frecuencia lo horrorizaban, y por más que se esforzaba en disimularlo enfriaban su amor, a pesar de que sabía que la causa de sus celos era la pasión que sentía por él. Muchas veces se había repetido que el amor de Anna constituiría para él la felicidad, y ahora que ella lo amaba como puede amar una mujer para la cual el amor ha superado todas las dichas de la vida, Vronski se sentía más alejado de la felicidad que el día en que salió de Moscú para seguirla. Entonces se consideraba desgraciado, pero la dicha estaba por delante; en cambio, ahora, se daba cuenta de que lo mejor había pasado. Anna no era ya como había sido en los primeros tiempos. Había cambiado, empeorando tanto en lo moral como en lo físico. Se había ensanchado, y en su rostro, ahora, mientras hablaba de la actriz, apareció una expresión malévola que la estropeaba. Vronski la miraba como se mira una flor que uno mismo ha cortado y en la cual apenas puede reconocerse la belleza que le indujo a cortarla. Y, a pesar de eso, tenía la sensación de que, cuando su amor era más intenso, hubiese podido arrancarlo de su corazón de habérselo propuesto firmemente, y que, en cambio, ahora, como en este momento que le parecía no sentir amor hacia ella, sabía que su vínculo no podía romperse.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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