Para Serguiéi Ivánovich, su hermano menor era un buen muchacho, con el corazón bien colocado (lo que solía expresar en francés), pero cuya inteligencia, aunque bastante viva, estaba sometida a las impresiones del momento y, por tanto, llena de contradicciones. Con la condescendencia de un hermano mayor, a veces le explicaba el significado de las cosas, pero no hallaba interés en discutir con él porque era demasiado fácil derrotarlo.
Konstantín Lievin consideraba a su hermano como un hombre de gran inteligencia y cultura, noble en el sentido más elevado de la palabra y dotado de grandes facultades de acción para el bien de la humanidad. Pero, en el fondo de su alma, a medida que pasaban los años y lo iba conociendo mejor, pensaba cada vez más a menudo que aquella aptitud de hacer el bien a la humanidad, de la cual reconocía estar privado, tal vez no fuese una virtud, sino más bien un defecto. No es que careciera de inclinaciones ni de deseos nobles, buenos y honrados, sino de fuerzas vitales, lo que se suele llamar coraje, de ese impulso que obliga al hombre a desear y escoger un solo camino de la vida entre las innumerables trayectorias que se le presentan. Cuanto más conocía a su hermano, más observaba que este, lo mismo que otros muchos hombres que servían al bien común, no se sentía inclinado a ello de corazón, sino porque había deducido cerebralmente que aquello estaba bien y era el único motivo que lo movía a hacerlo. Esta suposición de Lievin se confirmaba al observar que su hermano no tomaba más a pecho la cuestión del bien común ni de la inmortalidad del alma que una partida de ajedrez o la construcción ingeniosa de alguna máquina.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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