miércoles, 9 de octubre de 2019

Para Serguiéi Ivánovich, su hermano menor era un buen muchacho, con el corazón bien colocado (lo que solía expresar en francés), pero cuya inteligencia, aunque bastante viva, estaba sometida a las impresiones del momento y, por tanto, llena de contradicciones. Con la condescendencia de un hermano mayor, a veces le explicaba el significado de las cosas, pero no hallaba interés en discutir con él porque era demasiado fácil derrotarlo.
Konstantín Lievin consideraba a su hermano como un hombre de gran inteligencia y cultura, noble en el sentido más elevado de la palabra y dotado de grandes facultades de acción para el bien de la humanidad. Pero, en el fondo de su alma, a medida que pasaban los años y lo iba conociendo mejor, pensaba cada vez más a menudo que aquella aptitud de hacer el bien a la humanidad, de la cual reconocía estar privado, tal vez no fuese una virtud, sino más bien un defecto. No es que careciera de inclinaciones ni de deseos nobles, buenos y honrados, sino de fuerzas vitales, lo que se suele llamar coraje, de ese impulso que obliga al hombre a desear y escoger un solo camino de la vida entre las innumerables trayectorias que se le presentan. Cuanto más conocía a su hermano, más observaba que este, lo mismo que otros muchos hombres que servían al bien común, no se sentía inclinado a ello de corazón, sino porque había deducido cerebralmente que aquello estaba bien y era el único motivo que lo movía a hacerlo. Esta suposición de Lievin se confirmaba al observar que su hermano no tomaba más a pecho la cuestión del bien común ni de la inmortalidad del alma que una partida de ajedrez o la construcción ingeniosa de alguna máquina.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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