sábado, 12 de octubre de 2019

Observo que mi presencia le es molesta. Me ha sido muy penoso convencerme de ello. Pero comprendo que es así y no puede ser de otro modo. No la culpo y Dios es testigo de que al verla enferma resolví con toda mi alma olvidar cuanto ha pasado entre nosotros y empezar una vida nueva. No me arrepiento ni me arrepentiré nunca de lo que he hecho. Solo deseaba una cosa: el bien de usted, el bien de su alma, pero ahora veo que no lo he conseguido. Dígame qué es lo que puede procurarle la dicha y la paz del alma. Me entrego a su voluntad y a su espíritu de justicia.
Stepán Arkádich devolvió la carta a Karenin, mientras lo miraba perplejo, sin saber qué decir. Aquel silencio resultaba tan penoso para los dos que los labios de Oblonski temblaron mientras callaba, con la vista fija en el rostro de Karenin.
—Esto es lo que quería decirle a Anna —dijo Alexiéi Alexándrovich, volviéndose.
—Sí, sí —replicó Oblonski, sin fuerza para contestar por las lágrimas que le apretaban la garganta—. Sí, sí, te comprendo —pronunció al fin.
—Quisiera saber lo que desea Anna —dijo Alexiéi Alexándrovich.
—Temo que ni ella comprenda su propia situación. Ahora es incapaz de juzgar —dijo Stepán Arkádich—. Está oprimida, sobre todo, por tu magnanimidad. Cuando lea esta carta no será capaz de decir nada, salvo inclinar la cabeza aún más.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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