lunes, 28 de octubre de 2019

—Naturalmente, no me resulta fácil adaptarme a ustedes, los de aquí arriba —continuó diciendo—. Era previsible, pero tirar la toalla sólo por sentirme confundido y acalorado, creo que me avergonzaría, que me tacharía a mí mismo de cobarde; además, no tendría sentido, no sería razonable… Usted mismo lo ha dicho…
De repente, hablaba acaloradamente, con agitados movimientos de hombros, y como si intentase convencer al italiano de que retirase formalmente su propuesta.
—Me descubro ante la razón —respondió Settembrini—. También me descubro ante el valor, por supuesto. Lo que usted dice es razonable, sería difícil oponer un argumento de fuerza. También he visto casos de adaptación asombrosos. Por ejemplo, el año pasado, el de la señorita Kneifer, Ottilie Kneifer, perteneciente a una excelente familia, hija de un alto funcionario del Estado. Llevaba al menos año y medio aquí, y se había adaptado tan perfectamente que cuando se recuperó (pues, en efecto, a veces se cura uno aquí arriba) no quería marcharse de ninguna manera. Rogó encarecidamente al médico jefe que la retuviese aquí, le dijo que no podía ni quería irse a casa, que ésta era su casa y que aquí se sentía feliz; pero como había mucha demanda y se necesitaba su habitación, sus ruegos fueron vanos y todos estaban de acuerdo en darle el alta. De pronto, Ottilie volvió a tener fiebre, le subió la curva de la temperatura de un modo alarmante. Pero descubrieron el engaño cambiándole el termómetro por una «enfermera». ¿Sabe lo que es eso…? No, claro que no. Es un termómetro sin cifras que el médico verifica personalmente midiendo la columna de mercurio y anotando él mismo la temperatura en la tabla. Ottilie, señor mío, tenía 36,9. Así pues, no tenía fiebre. Luego decidió bañarse en el lago (eso fue a principios de mayo, por las noches helaba y el agua estaba extremadamente fría, a unos pocos grados nada más), y permanecía bastante tiempo en el agua con idea de contraer alguna enfermedad. Y ¿cuál fue el resultado? Continuó completamente sana. Se marchó tristísima y desesperada, impasible ante las palabras de consuelo de sus padres. «¿Qué voy a hacer allá abajo?», repetía. «¡Éste es mi hogar!». No sé qué habrá sido de ella… Pero me parece que no me está escuchando, mi querido ingeniero. Parece tener dificultades para mantenerse en pie, si no me engaño. Teniente, aquí tiene a su primo —dijo volviéndose hacia Joachim, que se acercaba en ese momento—. Llévele a la cama. Es razonable y valiente pero esta noche está un poco débil.

La montaña mágica - Thomas Mann

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