jueves, 10 de octubre de 2019

Momentos antes de su partida, Nikolái besó a su hermano y le dijo, mirándole de pronto con extraña seriedad:
—¡De todos modos, Kostia, no me recuerdes con rencor! —Y su voz tembló.
Fueron las únicas palabras que pronunció con sinceridad. Lievin comprendió que con esa frase quería expresar lo siguiente: «Ya ves que estoy mal y tal vez no volvamos a vernos ya». Y las lágrimas brotaron de los ojos de Lievin. Volvió a besar a su hermano, pero no supo ni pudo decirle nada.
A los tres días de haberse marchado Nikolái, Lievin se fue al extranjero. En el tren se encontró con Scherbatski, el primo de Kiti, el cual se extrañó mucho del aspecto sombrío de Lievin.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
—Nada. En este mundo hay pocas cosas alegres.
—¿Pocas cosas alegres? Vente conmigo a París en lugar de ir a ese Mulhouse. Ya verás lo bien que se pasa.
—No, para mí todo ha terminado. Ya es hora de morir.
—¡Vaya una cosa! —exclamó Scherbatski, riendo—. Pues yo solo me dispongo a empezar.
—También yo pensaba así hace poco, pero ahora sé que pronto me voy a morir.
Lievin decía sinceramente lo que pensaba durante los últimos tiempos. En todo, solo veía la muerte o su proximidad. Pero la obra emprendida le preocupaba cada vez más. Era preciso vivir de algún modo hasta que llegara la muerte. La oscuridad lo cubría todo para él, pero, precisamente a consecuencia de aquella oscuridad, se daba cuenta de que el único hilo conductor que podía guiarle en ella era su empresa. Y Lievin se aferraba y se sujetaba a él con todas sus energías.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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