Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
lunes, 21 de octubre de 2019
«¡Me miraban como si yo fuese algo horrible, incomprensible y curioso! ¿Qué puede contar ese hombre con tanto calor? —pensó, mirando a dos transeúntes—. ¿Acaso se le puede decir a otro lo que uno siente? Se lo he querido contar a Dolli, pero he hecho bien callándome. ¡Cuánto se alegraría de mi desgracia! Me lo habría ocultado, pero su sentimiento principal hubiera sido la alegría por verme pagar los placeres que ella me envidiaba. Y Kiti se habría alegrado aún más. ¡Me parece ver a través de ella! Sabe que he sido más amable de lo corriente con su marido, tiene celos de mí y me odia. También me desprecia. Para ella soy una mujer inmoral. Si lo fuese, habría conquistado a su marido…, si lo hubiese deseado. ¡Pero sí he deseado hacerlo! Este sí que está satisfecho de sí mismo —pensó al ver un señor grueso y colorado que iba en un coche en dirección opuesta a la suya. Había tomado a Anna por una conocida, levantando su brillante sombrero por encima de su reluciente calva, pero luego se dio cuenta de su error—. Habrá pensado que me conoce, y me conoce tan poco como cualquiera de este mundo. Ni yo misma me conozco. Solo conozco mis apetitos, como dicen los franceses. Estos quieren tomar helado, al menos lo saben bien —se dijo, viendo a dos niños que se habían parado junto a un vendedor de helados; el hombre se quitaba de la cabeza la caja de los helados, mientras se enjugaba el rostro sudoroso con la punta de un paño—. Todos deseamos algo dulce y sabroso. Si no hay bombones, nos conformamos con un helado malo. Y Kiti ha hecho lo mismo. No ha podido tener a Vronski y se ha conformado con Lievin. Y me envidia, me odia. Todos nos odiamos unos a otros. Yo odio a Kiti, ella me odia a mí. Esta es la verdad. Tiutkin: coiffeur… Je me fais coiffer par Tiutkin… Eso es lo que le voy a decir cuando vuelva —pensó, sonriendo. Pero en aquel momento recordó que no tenía a quién decir esas cosas graciosas—. Por otra parte, no hay nada gracioso ni alegre. Todo es feo. Están tocando a vísperas y este comerciante se persigna con tanto cuidado como si temiera dejar caer algo. ¿Para qué sirven todas estas iglesias, esas campanas y esas mentiras? Únicamente para ocultar que nos odiamos unos a otros, lo mismo que esos cocheros que riñen con tanta ira. Iashvín dice: “Él quiere dejarme sin camisa y yo a él”. Esta es la verdad».
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