martes, 1 de octubre de 2019

Me he sumido, así, en ciudades mojadas de una transpiración pecaminosa, he agonizado junto a viejos perversos y cobrizos, en catedrales modernistas, hasta volver, por fin, extenuado y solo, trabado de piernas, vano de cabeza, a este rectángulo de intimidad, las dulces manchas de la casa, polvo de muertos sobre las grandes flores de papel marchito, velo de años sobre los libros y su multitud de letras, el mecanismo sencillo e ingenioso de una familia, eso que la muerte desmonta dejando los elementos por el suelo, como en una mudanza inacabada. Y entonces es cuando le he escrito una carta a mi mujer, no para que ella la lea, sino para meterla aquí, en este diario, como un testamento donde nada se testa, como una correspondencia más allá de la muerte, que es donde moramos ahora los dos

Mortal y rosa - Francisco Umbral

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