—Sé lo penoso que es mentir para tu manera de ser honrada, y te compadezco. A menudo pienso que has estropeado tu vida por mi culpa.
—Lo mismo pensaba yo ahora: ¿cómo has podido sacrificarlo todo por mí? No puedo perdonarme que seas desgraciada.
—¿Desgraciada yo? —exclamó Anna, acercándose a él, y lo miró con una sonrisa llena de amor y de exaltación—. Soy como un hambriento al que han dado de comer. Tal vez sienta frío, su traje esté roto y experimente vergüenza, pero no es desgraciado. ¿Desgraciada yo? No, he aquí mi felicidad…
Anna oyó la voz de su hijo que se acercaba y, echando una rápida mirada que abarcó toda la terraza, se levantó apresuradamente. Sus ojos se iluminaron con un fulgor que Vronski conocía. Con un rápido movimiento alzó sus bellas manos cargadas de sortijas y, cogiéndole la cabeza, lo contempló prolongadamente; acercó su rostro con los labios entreabiertos y sonrientes, lo besó en la boca y en los dos ojos, apartándolo después. Quiso marcharse, pero Vronski la retuvo.
—¿Cuándo? —susurró, mirándola entusiasmado.
—Esta noche, a la una —murmuró Anna y, suspirando profundamente, se dirigió con su paso rápido, ligero, al encuentro de su hijo.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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