—Llega tarde al concierto, señor Settembrini, está a punto de terminar. ¿No le gusta la música?
—Si me la imponen, no —contestó Settembrini—. No según el calendario; no cuando huele a farmacia y me la prescriben con receta médica. Todavía doy importancia a mi libertad, o al menos a ese resto de libertad y dignidad humana que aún conservamos. Vengo a estos conciertos de visita, al igual que hace usted entre nosotros; paso un cuarto de hora y sigo mi camino. Eso me proporciona una ilusión de independencia. No digo que sea algo más que una ilusión, pero ¿qué quiere usted…? ¡Con tal de que brinde cierta satisfacción! El caso de su primo es distinto. Para él es como estar de servicio. ¿No es verdad, teniente, que usted considera que esto forma parte de sus obligaciones? ¡Oh, no se esfuerce, sé que conoce el truco para conservar su orgullo aun en la esclavitud! Un truco desconcertante. No todo el mundo en Europa entiende de eso. ¿Me preguntaba acerca de la música? ¿Si soy amante de la música? Pues bien, cuando usted dice «amante de la música» —en realidad, Hans Castorp no recordaba si lo había dicho así—, la expresión no está mal elegida, encierra un matiz de tierna frivolidad. Bien, pues… lo acepto. Sí, soy amante de la música, lo cual no significa que la aprecie particularmente, tal y como aprecio y amo, por ejemplo, la palabra, el vehículo del espíritu, el instrumento, el resplandeciente arado del progreso… La música… es lo no articulado, lo equívoco, lo irresponsable, lo indiferente. Tal vez quieran objetar que puede ser clara. Pero la naturaleza también, al igual que un simple arroyuelo puede ser claro, ¿y de qué nos sirve eso? No es la claridad verdadera, es una claridad ilusoria que no nos dice nada y no compromete a nada, una claridad sin consecuencias y, por tanto, peligrosa, puesto que nos seduce y nos amansa… Concedan ustedes esa magnanimidad a la música. Bien…, así inflamará nuestros afectos. ¡Pero lo importante es poder inflamar nuestra razón! La música parece ser el movimiento mismo, pero a pesar de eso, sospecho en ella un atisbo de estatismo. Déjeme llevar mi tesis hasta el extremo. Siento hacia la música una antipatía de índole política.
La montaña mágica - Thomas Mann
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